jueves, 31 de julio de 2014

Un toque de violencia (Tian zhu ding, Jia Zhang ke, 2013)


Diseccionando el pecado 

by Daniel Reigosa





Bastaría con la primera secuencia de Un toque de violencia (Tian zhu ding, 2013), antes de los títulos de crédito, para hacer un resumen conciso de lo que pretende transmitir el director Jia Zhang ke con esta película rodada en cuatro partes bien diferenciadas. Una China desolada, cuatro cadáveres en menos de 5 minutos y un intenso color rojo que baña la imagen (debido a miles de tomates esparcidos por el suelo), previenen al espectador del tono que, irremediablemente, va a ir adquiriendo el filme. Ya en esa primera escena Jia pone todas las cartas sobre la mesa, sin trucos, sin sorpresas, sin giros bruscos de guión, no se trata de mantener en vilo al espectador sino de diseccionar su condición.

Esta primera escena funciona como una anticipada y desesperanzada moraleja, pero también como un singular e inopinado efecto mariposa, potenciado visualmente con el hecho de la mordedura de la manzana del pecado (en este caso concreto un tomate), que desencadenará una serie de actos de consecuencias fatalistas, conectados de manera extremadamente sutil, como queriendo dar continuidad a la propuesta pero, a la vez, dejando clara su independencia. 

A Touch os Sin es el título internacional escogido para la película, en un claro homenaje a A Touch of Zen (Xia Nü - Hsia nu, 1969) del maestro King Hu, pero también es un dardo irónico sobre el contenido del largometraje. El título en español se queda en el análisis más plausible, el de la violencia, pero lo que el director realiza aquí es un minucioso ensayo sobre la maldad inherente al ser humano a través de cuatro historias diferentes pero, a la vez, complementarias. En cada historia analiza un tipo de violencia, pero siempre como respuesta a una sociedad corrompida, a unos vicios aceptados por la sociedad (china en este caso pero que se puede extrapolar a una lectura mucho más global). Cada personaje principal de las cuatro historias reacciona de manera violenta ante su entorno, pero antes Jia lo ha llevado al límite, aunque no lo usa como excusa sino como argumento pesimista de lo inevitable: la violencia parece ser la única vía posible.

En la primera historia el motivo es la venganza pero el motor es la corrupción política, el enriquecimiento de los poderosos a costa de los más débiles, la especulación y el soborno. El segundo personaje parece actuar por simple placer, pero a medida que transcurre el relato observamos una sociedad que ha avanzado sigilosa hacia la pérdida de valores, dejando atrás a sus ciudadanos, perdidos ante el distanciamiento de las tradiciones familiares, otrora núcleo vital y razón de ser del ser humano. Es en esta segunda historia donde el mal que habita en cada ser humano se hace más notorio, más temible. La tercera historia, que guarda una extraño parecido con el género wuxia, nos muestra una respuesta violenta en defensa personal, por salvaguardar el honor, ante una sociedad que muestra sus vicios más oscuros a través del dominio sexual, el machismo o la opresión. Por último, la cuarta historia, crítica con el pasotismo de la juventud, alienada en su pequeño mundo (tan pequeño que cabe dentro de un teléfono móvil), nos muestra una reacción violenta como vía de escape, una afirmación de que todo lo que nos rodea nos sobrepasa y no podemos hacer nada para evitarlo. 

La suma de las cuatro partes nos da como resultado un retrato demoledor, no sólo por pertenecer a una sociedad extremadamente viciada de la que no hay vuelta atrás, sino porque nos damos cuenta que cualquiera dentro de su normalidad puede llegar a reaccionar y sentirse identificado con las historias representadas, sólo es necesario traspasar la línea (para unos más alejada que para otros) que nos separa de una reacción primitiva y animal. 

El bisturí de Jia pasa rápidamente de la disección de la China actual -influenciada en extremo por el capitalismo severo, en la que el crecimiento económico se contrapone a la pérdida de valores a pasos agigantados-, a intentar mostrar las consecuencias de esta sociedad en el individuo, en forma de respuestas extremadamente crueles. El director, que hasta la fecha se había mostrado crítico en sus películas, pero más contenido, parece empuñar el arma en primera persona para realizar un discurso agresivo, pero totalmente alejado del adoctrinamiento, algo que realmente es de agradecer. El hecho de que la película aún no tenga fecha de estreno en China nos hace ver que el director ha dado en el clavo.

El uso de la música totalmente diegética y de una fotografía de tonos grises y con escaso contraste, materializada en paisajes desolados o repletos de gente sin alma, acentúa el caracter fatalista del filme. Cadáveres, escombros o seres vivos son tratados con la misma luz, con el mismo tono, como si un áura de negatividad se impregnase de cada imagen, de cada acto. 

Resulta curioso también el uso de la autoridad en Un toque de violencia, ya que aparece de forma esporádica pero nunca de manera relevante. Aquí la relación causa-consecuencia se desvía hacia otro punto, es decir, la violencia (consecuencia) nace como respuesta a una sociedad viciada (causa). Entendemos que sí existen consecuencias a los actos violentos en sí (en este caso la consecuencia sería el castigo), pero no se nos muestra, ya que lo importante es descubrir su origen. Mostrar el castigo no hubiese hecho más que confundir y manchar el mensaje, ya que se podría ver como una solución, aunque ante el problema equivocado, con lo que Jia ataca directamente a la raíz. 

En la genial escena final, tras el pesimismo mostrado, el director nos pasa el testigo: somo jueces pero a la vez somos evaluados por nuestros actos. No existe posibilidad de redención, el mal habita en cualquier parte y somos susceptibles de toparnos de bruces con él, sólo hace falta endurecer las condiciones y encontrar nuestro límite. Una vez ahí, traspasarlo es una cuestión inevitable.

domingo, 20 de julio de 2014

Portishead, Madrid 18 julio

Una experiencia audiovisual superlativa

by Daniel Reigosa


El pasado viernes 18 de julio se celebró en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid, ante más de 12.000 almas, el primer concierto de la banda de Bristol, Portishead, compuesta por Beth Gibbons (voz), Adrian Utley (guitarra, bajo, teclados, arreglos) y Geoff Barrow (bateria, teclados, arreglos), tras más de 20 años de carrera -recordemos que en 1994 publicaron uno de los discos más influyentes de los años 90, el celebrado Dummy-. Con sólo tres discos en su haber (más el directo Roseland in New York (1998), grabado con la orquesta filarmónica de Nueva York), Portishead ocupa un lugar destacado en la historia reciente de la música, resultando clave en la evolución del trip-hop, aunque en su último disco (Third, 2008) juguetean con el darkwave, el shoegaze o el post-rock, con una mayor presencia electrónica en sus bases.

Y os preguntaréis qué hago hablando de un concierto de Portishead en un blog de cine, pues la respuesta es sencilla: la experiencia vivida se acerca mucho más al concepto audiovisual que a la mera sensación sonora. De igual manera que las emociones en el cine son potenciadas por la presencia del sonido, en forma de banda sonora, en el concierto de Beth Gibbons y compañía el componente visual jugó un papel determinante. Son muchos los grupos que han decidido casar música con imágenes en los últimos tiempos, destacando por ejemplo Sigur Rôs que, tanto en directo como fuera de él -ejemplo de ésto último es el fabuloso documental Heima (2008)-, elevan el concepto audiovisual a una experiencia única; o Arcade Fire que ha dedicado mucha importancia a la creación de videos musicales que se asemejan a cortos fílmicos.

Portishead salió a escena prácticamente a la hora indicada, las 21:30, delante de una megapantalla en la que se proyectaba el logo de la banda. Tras los primeros acordes de Silence, que abre también su tercer disco, la imágenes de la pantalla empezaban a bosquejar un atrevido y experimental videoclip en directo: imágenes distorsionadas de los músicos y sus aparatos armonizaban con los ritmos de la batería, los sintetizadores y los beats electrónicos que, a medida que sucedían los temas, se mezclaban con imágenes pregrabadas, creando una experiencia visual y sonora extremadamente potente y compleja. Cada canción era una escena, y todas las escenas juntas formaban una suerte de extraño largometraje, en el que la voz de Beth Gibbons se convertía en la actriz principal.

La voz de Beth (permítide que le llame por su nombre de pila) tiene algo especial, una capacidad inusitada de abrir heridas, de mostrar dolor, a través de su timbre y sus letras pero, por otra parte, también resulta cariñosa y aterciopelada, cicatrizando cualquier sentimiento lacerante que haya podido aflorar. La experiencia, junto con los potentes graves (que a partir de la segunda canción sonaron demoledores), resultaba extremadamente intensa, una catársis emocional...cada latido, cada lloro, cada golpe de bajo, entraba en el cuerpo de cada uno de los que estábamos presentes, insertando la duda de si realmente queríamos dejarlo salir. Cada pausa era un respiro, pero también generaba la inercia necesaria para pedir más, y es que Portishead duele, pero también engancha y enamora. 

No se bajó el nivel en todo el concierto, pero dos momentos robaron protagonismo al resto de la obra: uno a nivel sentimental cuando Beth ejecutó con la maestría de hace 20 años la eterna Glory Box -probablemente su canción más emblemática-; y otro más emocional, con Machine Gun del tercer y, hasta la fecha, último disco. En esta última canción es en la que el componente visual brillo con más fuerza, tornándose en el actor principal por unos instantes. La canción terminó con un bombardeo de imágenes de la casta política, recientes conflictos internacionales e injusticias sociales (que se tornaban más poderosas debido al delicado momento actual), al compás de un ritmo electrónico machacón de gran poderío sonoro. El mensaje era tan demoledor que era imposible mirar hacia otro lado cuando, de repende, todo el palacio se llenó de oscuridad y un intenso sonido grave (con una melodia al más puro estilo Pink Floyd) recorrió la sala vibrando en cada uno de nosotros, mientras un gigantesco amanecer asomaba lentamente por la pantalla (aunque tengo la sensación de que era un atardecer, pero emitido a la inversa, lo que daría más fuerza a su mensaje). Hay esperanza detrás de todo este caos sociopolítico en el que vivimos, parecían querer afirmar los componentes de Portishead. He de confesar que este momento lo viví con especial intensidad, cuando me quise dar cuenta tenía los ojos llorosos, y puedo afirmar que no era el único.

Al cabo de hora y veinte, Beth se despedia con un tímido "muchas gracias", las únicas palabras dirigidas hacia el público hasta entonces, una vez más el concepto fílmico presente. Una obra pensada sin interrupciones, sin que hubiese lugar para charlas innecesarias, para momentos que rompiesen el climax generado en la sala. Se trataba de un espectáculo, mejor dicho una sensación, extremadamente calculada, dirigida de antemano. Aún así, al público aún le quedaba un último aliento y los componentes de Portishead volvieron a escena para abrirnos una última herida, que recibimos gustosos, con la profunda Roads y su lamento:

- "How can it feel, this wrong,
From this moment,
How can it feel, this wrong"
 

No cabía nada más, nos habían vaciado emocionalmente... corto pero intenso, maximizando el dicho de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños... pero menudo frasco!! Volved cuando queráis, pero dejadnos un tiempo para recuperarnos del shock.


Nota: las fotos del concierto se han sacado de la web www.muzikalia.com

lunes, 26 de mayo de 2014

Análisis en profundidad de True Detective

A estas alturas no cabe duda de la importancia que ha tenido la emisión de la primera temporada de True Detective, una serie que ha gustado a público y crítica y que ha alcanzado los primeros puestos en algunas de las más prestigiosas listas sobre las mejores series de todos los tiempos. Mientras esperamos a la segunda temporada, que deberá corroborar este fenómeno, la Revista Magnolia ha realizado un profundo análisis sobre tres aspectos fundamentales (fotografía, referencias literarias, plano secuencia) en el que he tenido el gusto de ser invitado para hablar sobre la espléndida fotografía de la serie.

Os dejo el análisis completo por si os apetece echarle un vistazo:
ESPECIAL TRUE DETECTIVE


domingo, 11 de mayo de 2014

Resumen de artículos Revista Magnolia



Estos meses he reducido la actividad en el blog debido a colaboraciones en diversos medios. Os dejo en los siguientes links mis últimas colaboraciones con la revista Magnolia, por si os apetece echarles un vistacillo.

Especial Woody Allen:

Manhattan (1979)
Una ciudad en el diván


















Sueños de un seductor (Play it again, Sam, 1972)
El nacimiento de un neurótico entrañable

















Especial Roman Polanski:

Repulsión (1965)
Sobresaliente ejercicio de estilo




















Especial Wes Anderson:

Fantastic Mr Fox (2009) 
Autenticidad a 12 fotogramas por segundo



lunes, 3 de marzo de 2014

86ª edición de los Óscar: Aquí huele a rancio

La noche empezaba con el glamour de costumbre, el jaleo pertinente en la alfombra roja donde cientos de periodistas acreditados se daban codazos para poder entrevistar a las estrellas más rutilantes del panorama cinematográfico americano (y parte del mundial). Entre los más solicitados, la bellísima Lupita Nyong'o, la nueva novia de América Jennifer Lawrence, la espectacular Charlize Theron o el renovado Matthew McConaughey.

A las 2:30 de la madrugada (hora española) daba comienzo la gala, presentada por Ellen DeGeneres (que se parece demasiado a nuestra Eva Hache...o es al revés?). Primer toque "quedabien" de la Academia ya que esta cómica-presentadora gusta a todo el mundo, no como el controvertido Seth McFarlaine, presentador del año pasado e invitado para atraer al público más joven. No obstante la señorita DeGeneres hizo todo lo posible para amenizar la gala, dando muestras de su capacidad comunicativa, jugando constantemente con el público: invitando a pizza a las estrellas, haciéndose un selfie con Cooper, Lawrence y compañía (y convirtiéndolo en la foto más retuiteada de la corta historia de Twitter) o, incluso atreviéndose a lanzar algunas "puyitas" a los presentes (echando de menos a Ricky Gervais). 


En el monólogo inicial de la presentadora se encontraba la clave de la noche cuando afirmó entre risas que "En está noche pueden pasar dos cosas: 1. Que gane 12 años de esclavitud. 2. Sois todos unos racistas". Pues dicho y hecho, ¿cuál era la película más premiable y con la que se daría una mejor imagen al mundo sin traicionar el rancio tradicionalismo de la Academia?, sin duda alguna era película era la dirigida por Steve McQueen: denuncia del error histórico más grave en la breve Historia de los EEUU (el año pasado se les olvidó, pasando de Lincoln y Django Unchained). Pero había más, una película que según la crítica y la propia Academia había cambiado la forma de hacer cine, Gravity, debía ser la otra triunfadora de la noche aunque eso significase ignorar al amado David O Russell o al siempre denostado Martin Scorsese (algo habrás hecho Marty). La película de Alfonso Cuarón se llevó siete premios, 6 técnicos y el de mejor director.


En el saco de nominadas a mejor película, otras siete que ya sabían de antemano que no iban a ganar. Captain Phillips, correcta en forma, entretenida pero irritante la forma en que se muestra (una vez más) al heroico pueblo norteamericano (la gala de ayer tenía como temática los héroes de carne y hueso, volvemos al trauma post 11-S). Her, una genial película del inquieto e imaginativo Spike Jonze, que se aparta del cine plano y vacío que se hace en la mayor industria del mundo, aportando y ampliando nuevas definiciones a las palabras relación, soledad o la eterna búsqueda del amor. El lobo de Wall Street y La gran estafa americana, dos películas de mucho ruido y pocas nueces, muy fácilmente premiables que pasaran sin pena ni gloria a la historia del cine, por mucho que los críticos se empeñen en ensalzar la primera. Dallas Buyers Club, la sempiterna historia de la persona de pocos recursos, que sufre una desgracia y que gracias a alguna genialidad y en contra de todas las adversidades, se forja su propio futuro y logra salir airoso, eso sí, esta vez elevada por unas actuaciones de dos actores en estado de gracia (Leto y McConaughey). Y faltaba, como todos los años, el espacio dedicado a las películas más pequeñas, para que no se diga que Hollywood sólo premia a las superproducciones que dan dinero. Philomena (que aún no he tenido la oportunidad de ver) y, sobre todo, Nebraska, para mi la mejor película de todas las que estaban nominadas. Historia sencilla pero de gran poder, un retrato complejo sobre la institución de la familia americana con un excelente Bruce Dern que se quedó con la miel en los labios. Haber premiado con la estatuilla a la genial película de Alexander Payne hubiese sido toda una revolución, una declaración de intenciones (a mi modo de ver en el sentido positivo) de que el cine americano no está muerto del todo. Por cierto, ¿donde estaba A propósito de Llewyn Davis de los hermanos Coen?, el otro gran suspiro del cine yankie que, ni se le vio, ni se le esperaba.

Pero la elección de la mejor película del año no fue la única confirmación de la noche de que esto huele a chamusquina, de que los premios estaban dados de antemano. Películas transgresoras y tremendamente políticas (muchísimo más que la superficial 12 años de esclavitud) como L'image Manquante de Rithy Panh, sobre los crímenes en masa en Camboya a finales de los 70; The Act of Killing, un documental terrible sobre la violencia en Indonesia o, compitiendo en la misma categoría que esta última, el comprometido documental The Square, clave para entender la actual revolución egipcia, se fueron de vacío. Quedó claro el miedo de la Academia a mezclar cine con política, sobre todo si esta política no es la suya... Así, en el premio a la mejor película de habla no inglesa, lo más fácil era premiar a la prepotente, pedante y narcisista La gran belleza (sigo sin entender el enorme éxito de esta película) o en la categoría documental hacer lo propio con el ameno A 20 pasos de la fama

Un ejemplo más del conservadurismo de la Academia fue el premio para Frozen en la categoría de mejor película de animación, donde competía con dos joyas como Ernest & Celestine o la última obra del maestro Hayao Miyazaki, The Wind Rises (aún sin estrenar en España). Aunque reconozco que Frozen es entretenida y muy recomendable para el público infantil, no es menos cierto que es bastante plana y superficial, mientras que las otras dos películas dan un paso al frente en compromiso y emotividad. No es lo mismo mejor película de animación que mejor película infantil, no sé si los señores académicos tiene esto demasiado claro.

Tampoco sé si tienen claro el concepto de fotografía en el cine. No creo que se deba meter en el mismo saco la fotografía clásica con la fotografía digital...el año pasado me resultó insultante el Óscar a La vida de Pi y este me pasa un poco de lo mismo con Gravity, sobre todo compitiendo contra The Grandmaster, una película con una fotografía sencillamente magistral. No estoy con esto desmereciendo a la fotografía digital, pero creo que se debería crear un premio aparte para esta categoría, ya que competencia hay de sobra.

Respecto a los premios a los actores, todos sabemos cuanto gusta el actor que cambia radicalmente su físico o que interpreta un papel de alguien enfermo o con una discapacidad y este año había dos que cumplían las dos características (y en la misma película), con lo que el premio estaba bastante cantado, eso sí, sin quitar mérito a la electrizante actuación del desaparecido Jared Leto y del profundamente renovado Matthew McConaughey. En cuanto a las actrices, el desgarrador papel de Lupita Nyong'o en 12 años de esclavitud y la profunda y psicológica interpretación de Cate Blanchet en Blue Jasmine bien valen sendas estatuillas.

Por último, otros premios cantados eran los referentes a mejor guión. Dejando aparte a Gravity, que no podía competir porque no tiene (o por lo menos lo esconde muy bien), era lógico pensar que el guión adaptado sería para 12 años de esclavitud (así de paso se potencian las ventas del libro del que últimamente he leído que es el "diario de Ana Frank" americano) y que el premio al mejor guión original sería para Spike Jonze y su alocada historia de la relación entre el hombre y la máquina (sistema operativo con la dulce voz de la Johansson en este caso).


En fin, gala previsible, premios más conservadores que nunca en un año que se podían haber roto moldes apostando por un cine con identidad propia pero, señoras y señores, esto es Hollywood, el templo del no pensar, del cine plano, de la exaltación del cine de masas y de la enésima negación del cine como arte: "the show must go on".



Todos los premios aquí












sábado, 8 de febrero de 2014

El cine de la estafa



El cine americano parece ponerse de acuerdo año tras año para diseccionar de forma conjunta un tema en concreto, analizándolo desde distintas ópticas con mayor o menor intensidad. El año pasado el tema estrella fue la esclavitud americana, el turbio y vergonzoso periodo que tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX y que finalizó con la Guerra de Secesión Americana (1861-1865), más concretamente, con la Proclamación de la Independencia realizada por Abraham Lincoln en 1863. Iniciamos el año 2013 con los filmes Lincoln (Steven Spielberg) y Django Desencadenado (Quentin Tarantino) y lo acabamos, complementando el círculo, con 12 años de esclavitud (Steve McQueen). Por el medio, películas como El Mayordomo trataban de manera más superficial el asunto racial, aunque en épocas posteriores (1950-1990).

Este año que recién comienza parece que asistiremos a otro tema monumental: la crisis económica y las consecuencias de ésta, revestida de estafa o corrupción política. Dos películas han tomado ya la delantera El lobo de Wall Street (Martin Scorsese) y La gran estafa americana (David O. Russell), si bien ninguna de las dos parece desprenderse de la pereza de escarbar en temas más peliagudos, como puede ser indagar en el origen de todo este sinsentido y rebuscar en la basura de una sociedad corrupta al acecho de víctimas en un sistema económico debilitado desde dentro. 

El presente a través del pasado

La película de Scorsese transcurre entre los últimos años de la década de los 80 y los primeros años de los 90, época de tiburones en el agitado mar de Wall Street, ombligo financiero de todo el mundo. Un joven ambicioso, Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), inspirado en un personaje real (el guión se basa en el libro escrito por el propio Jordan Belfort), ve una mina de oro en las jugosas comisiones que desprende la compraventa de acciones de empresas de bajo capital y rating que cotizan en los mercados secundarios (50% frente al 1% que se cobra con las grandes stocks americanas). Un pequeño empujoncito comprador desde diferentes puntos, hace que estas acciones de empresas de bajo capital se eleven como la espuma, reportando beneficios reales a los brokers (comisiones) y ficticios a los inversores (los timados) que, motivados por su "buena suerte" se lanzan en cadena a comprar más. En el momento en que el mercado pone a la empresa en su sitio (del que nunca debió salir), el humo vendido en su momento se evapora y lo único que queda es el dinerito fresco en los bolsillos de los timadores, perdón, comisionistas. Esto que parece tan lejano se puede complicar mucho más hasta el hecho de hacer "paquetitos" con la deuda de empresas de dudosa solvencia y repartirlos por todo el mundo en inversiones relativamente seguras, esto ya nos va sonando más ¿no?, sobre todo si le añadimos el adjetivo subprime o bonos basura.

Scorsese simplemente pasa por encima de este tema jugoso y que, a mi modo de ver, hubiese dado mucho más valor a la película (y no ha sido por falta de tiempo, desde luego, ya que se trata de 180 minutos de metraje final) en vez de centrarse única y exclusivamente en el personaje encarnado por DiCaprio para lucimiento del mismo. A este respecto, el filme tiene mucho más en común con El gran Gatsby (Baz Luhrmann, 2013) que con Wall Street (Oliver Stone, 1987) y ya no digamos con la genial Inside Job (Charles Ferguson). Es decir, se trata de un juego pirotécnico de tres horas centrado en la vida y milagros del lunático de turno, cargado de excentricidades y momentos en clave de humor sumamente absurdo. Con esto no quiero dar a entender que se trate de una mala película, técnicamente es espléndida y se nota la presencia de un genio como Scorsese detrás de las lentes, pero te deja frío, se echa de menos un análisis más profundo de las consecuencias de sus actos o del caldo de cultivo societario que favoreció la aparición de un personaje como este. Yendo aún más lejos, no se condena de una manera categórica a un personaje que debería resultar más repulsivo, o al menos al mismo nivel de escoria, que un asesino en serie, sino que incluso se le da una oportunidad de redención.
 
Retomando la variable tiempo, la película de David O. Russell transcurre mucho más atrás, concretamente en la cinematográfica década de los setenta (sí, los 70 tienen ese poder de revalorizar las historias) inspirada también en hechos reales y es que, tristemente, existen demasiados casos jugosos de corrupción y estafa susceptibles de ser llevados a la gran pantalla. Irving Rosenfeld, un reputado timador (Christian Bale), aquí disfrazado de prestamista, y su socia Sydney Prosser (Amy Adams) se dedican a dar pequeños pero constantes palos a sus clientes hasta que un agente del FBI (Bradley Cooper) les echa el guante. A partir de aquí, y para poder salvar su pellejo, deciden colaborar con el  ambicioso agente de la ley para destapar casos de corrupción a en las más altas esferas de la política local. O. Russell si parece querer profundizar más en la trama políctica y la fragilidad de ésta a la hora de aceptar sobornos para intereses propios. Hasta el alcalde de New Jersey Carmine Polito (Jeremy Renner) que parece dar su vida por sus ciudadanos acaba metido en asuntos tenebrosos, si bien parece actuar en favor de los votantes, lo hace mediante el uso de métodos muy discutibles y dudosos.

Estructuración del filme y construcción de personajes

Ambos directores plantean discursos en los se aborda el metacine, si bien Scorsese recurre principalmente a su propia obra mientras que la película de O. Russell toma prestadas escenas de diversa índole, actualizándolas: desde el cine del propio Scorsese hasta los bailes de Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977), pasando por Boogie Nights (P.T. Anderson, 1997) o Chantaje en Hollywood (Alexander Mackendick, 1957). En la película de Scorsese parece recrearse todo el cine de gangsters tan característico del director, es decir, un personaje que empieza desde lo más bajo, asciende demostrando su valía, crea un imperio y después se desmorona, cerrando el círculo vital. Todo esto con un tono intencionadamente masculino, audiencia más propensa a disrutar con el cine del director de Uno de los nuestros (1990). 
 

Scorsese siempre ha tenido la osadía de acercar a la audiencia personajes que, de encontrarnoslos en la vida real, nos resultarían altamente desagradables y condenables, pero todos hemos estado del lado de Travis Bickle en Taxi Driver (1976) o del Sam Rothstein de Casino (1995), gracias al profundo tratamiento psicológico y riqueza del personaje, sin duda una de las notas más características del cine del director. Sin embargo la extravagancia y el histrionismo rayano lo absurdo con el que se trata a Jordan Belfort, nos aleja del personaje de El lobo de Wall Street, convirtiéndolo en un chiste, una suerte de clown moderno con una dosis elevada de infantilismo e inmadurez. Las drogas, las malas compañías o la prostitución resultan impactantes y relevantes cuando se usan para explicar y definir al personaje, no como simple comparsa al servicio del mero disfrute y provocación. El problema de este filme es que se juega todas sus cartas a una única figura, con lo que tres horas de metraje resultan exageradas, en las que las situaciones se repiten insistentemente sin aportar nada nuevo. Fiestas, desmadres, excentricidades, discursos motivadores y excesos, todo se repite una y otra vez, con una exageración progresiva que acaba cansando, a pesar de que las dos primeras horas resulten de un ritmo realmente trepidante. DiCaprio se mueve en su zona de comfort y se nota, puede dar rienda suelta a la excentricidad y sobreactuación de la que siempre ha dado buena muestra.

David O. Russell, como ya hemos comentado, toma como referencia, entre otros, al propio Scorsese (ofreciendo un guiño continuista con la aparición de Rober de Niro encarnando a un personaje similar al James Conway de Uno de los nuestros), confecciona también una historia de estafas que se dan cabida en un guión en el que se invoca a El Golpe y a las películas clásicas de género de timadores, pero en la que todo se hace de repente demasiado lioso, a la vez que previsible. Los actores toman las riendas del filme (algo de lo que suele pecar el cine de O. Russell) en beneficio personal, para lucimiento propio, desvirtuando y complicando innecesariamente el guión y convirtiendo la película en un mero decorado. Un ejemplo claro es Jennifer Lawrence, niña mimada del director y de Hollywood en general, cuyo papel aporta frescor cuando la película más lo demanda, pero que su abusiva presencia y su necesidad de copar protagonismo constante acaba resultando cansina y desviatoria de la hitoria principal, creando un clima de confusión y fuera de tono. No obstante, la construcción de personajes en La gran estafa americana es más compleja que en la película de Scorsese, al estilo de las espléndidas canciones de su acertada banda sonora, dando como resultado una película con un punto más crítico y comprometido.

La realidad vista desde la óptica de la comedia

Curiosamente ambos directores han optado por relatar este drama internacional revestido de comedia, si bien en este caso el alumno se muestra más inspirado que su maestro, ya que los toques de humor de La gran estafa americana resultan más complejos e irónicos con diálogos más elaborados y profundos. El humor de El lobo de Wall Street se basa en la repetición de gags, el uso de frases ingeniosas que acaban resultando repetitivas y la filmación de situaciones forzadas, tanto a nivel de excesos como moviéndose en el terreno de lo absurdo. Scorsese ridiculiza en extremo a los personajes de su película intentando enfatizar una crítica inexistente o muy difusa hacia el mundo de los brokers y su ambición desmesurada, sin embargo el resultado no acaba de resultar convincente, como sí lo hizo en su día, por poner un ejemplo maestro, Stanley Kubrick con su ingeniosa y atrevida ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964), realizando una desgarradora a la vez que divertida crítica antibelicista, que se podía extrapolar de manera universal al ser humano como individuo y como grupo.

Por contra, el humor con tintes negros, poniendo en evidencia los arquetipos del cine de género de la estafa y revelando la impostura, tanto del propio filme como de la vida en general, de La gran estafa americana resulta gratamente acertado. La película en ningún momento pretende realizar testimonio de un hecho con ecos de realidad, y lo deja claro desde la primera escena, en la que un desgalichado Christian Bale (con sobrepeso incluído) se coloca un peluquín, preámbulo de un guión cargado de falsas apariencias, embustes y disfraces.




El revuelo que están generando ambas películas no parece acorde con la relevancia cinematográfica y social de éstas. Se trata de dos aceptables y entretenidas películas pero que no han sabido profundizar en el escabroso tema en el que se adentran (como le pasaba a 12 años de esclavitud) no obstante, eso sí, resultan altamente golosas para la Academia y, por lo tanto, fácilmente oscarizables. Ni Scorsese ha sabido retomar sus clásicos de los 90 ni el adorado por la academia David O. Rusell parece corroborar las buenas sensaciones de su filme The Fighter (2010), tiradas por la borda en la fallida El lado bueno de las cosas (2012), una obra simplona con pretensiones de gran película (mimbres tenía de sobra para ello).

Tras su visionado, queda la sensación de que, en cierta medida, los estafados hemos sido nosotros, los espectadores, eso sí, algo parece sacarse en claro: no todo vale en la ansiada búsqueda del sueño americano.

Daniel Reigosa

viernes, 17 de enero de 2014

The Grandmaster (Yut doi jung si, Wong Kar-wai, 2013)


 A vueltas con la memoria y las grietas del pasado            by Daniel Reigosa



Título original: Yut doi jung si (Yi dai zong shi) (Yidai zongshi) (The Grandmasters) (The Grandmaster) | Año: 2013 | Duración: 130 min. | País: Hong Kong | Director: Wong Kar-Wai | Guión: Wong Kar-Wai, Xu Haofeng, Zou Jinzhi (Historia: Wong Kar-Wai) | Música: Shigeru Umebayashi | Fotografía: Philippe Le Sourd | Reparto: Tony Leung Chiu Wai, Zhang Ziyi, Zhao Benshan, Chang Chen, Brigitte Lin, Zhang Jin, Song Hye-kyo, Wang Qingxiang, Cung Le, Lo Hoi-pang, Liu Xun, Leung Siu Lung, Julian Cheung Chi-lam | Productora: Coproducción China-Hong Kong; Block 2 Pictures / Jet Tone Production / Sil-Metropole Organisation / Annapurna Pictures



A primera vista y sin profundizar demasiado, se podría pensar que en The Grandmaster el realizador Wong Kar-wai se quisiera alejar de las obsesiones que tradicionalmente pueblan su coherente filmografía -especialmente la consciencia del instante vivido o la preocupación por el binomio espacio-tiempo-, para realizar una revisión del género wuxia tradicional. Sin embargo, nada parece más lejos de la realidad, ya que es precisamente esa percepción sobre el tiempo, esta vez trasladado principalmente a la gran Historia en vez de a la pequeña historia, lo que define realmente el filme. El hecho de que existan tres montajes distintos del mismo filme para diferentes culturas audiovisuales (con significados ligeramente distintos) profundiza en esta idea, y parece deberse más a la importancia dada por Wong Kar-wai a la dimensión temporal y su concepción, que a una mera estrategia de marketing.

Se puede pensar, y con ello estaríamos llevándonos a error, que esta película es una suerte de biopic de uno de los personajes más en forma en la filmografía actual de Hong Kong (varias películas y una serie de TV en los últimos 5 años así lo atesoran) como es Yip Man (o Ip Man según las traducciones), conocido por ser uno de los principales difusores del Ving Tsun (o Wing Chun), uno de los principales estilos del Kung-Fu. Sin embargo, el género wuxia en The Grandmaster es simplemente un nuevo vehículo en el que subirse -como en su día lo fue Este contraveneno del oeste, (1994/2008)- para alejarse de las nocturnas y deshabitadas calles de las Chungking Mansions hongkongianas, omnipresentes en la filmografía del director. 

El Kung-Fu y sus diferentes estilos no son más que un ornamental atrezzo para dotar al filme de un carácter más popular y, ¿por qué no decirlo?, comercial y accesible, sin por ello perder un ápice de profundidad y reflexión. No obstante, las peleas filmadas con impresionantes y elaboradas coreografías (algunas con más de dos meses de rodaje) suponen una mirada renovada y estética del género de artes marciales, aportando al mismo una insólita estilización visual y elegancia en el montaje radicalmente distintas a las propuestas en su día por Zhang Yimou (éste último sobre el genero del wuxia pian, o lucha de espadas).

The Grandmaster supone, por tanto, una cristalización lógica del universo del genial director honkonés, en la que podemos observar la fugacidad del tiempo, la pesquisa imposible del tiempo pretérito, el amor reprimido o la entelequia en relación al binomio sujeto/espacio. La película, y por extensión los personajes, se alimentan de las imágenes generadas en tiempos pasados y, por consiguiente, de sus recuerdos. El receptor realiza, necesariamente, una parte importante de descodificación del mensaje, ya que la película no se presenta de un modo lineal tradicional sino por lapsos inconexos de tiempo (más acentuados en la versión china de la película) que recogen las vivencias de sus dos personajes principales que se contraponen; el mencionado Yip Man (encarnado por Tony Leung) y Gong Er (Zhang Ziyi). Estos lapsos temporales edificarán momentos clave (esencialmente para los protagonistas) a los que será imposible regresar cuando éstos se hayan derrumbado. Las fotografías tomadas al final de cada micro relato temporal toman en este filme una importancia relevante como catalizador de la memoria.

Y es que la contraposición constante de elementos resulta clave en el devenir del metraje, ya que facilitan al espectador la asociación de ideas o la explicación del entorno en el que se mueven los personajes. Este choque constante de elementos tenderá inevitablemente hacia la utopía de la unión entre ellos, pero las brechas generadas por el inexorable paso del tiempo junto con los fantasmas del pasado provocará que dichas integraciones resulten quiméricas.

En un primer término se hace presente el antagonismo entre la filosofía del norte y del sur de Hong Kong, dos filosofías esencialmente distintas, dos vectores que componen los distintos estilos del arte del Kung Fu -uno vertical representado por el Ving Tsun (practicado por Yip Man) y otro horizontal identificado con el Ba Gua (ejercido por la familia Gong)-. La misión integradora llevada a cabo durante tiempo por el sifu Gong Yutian (Qingxiang Wang) y padre de Gong Er debe tener su continuación en el nuevo sifu elegido en el sur, Yip Man, para conseguir una completa fusión de las técnicas del Kung Fu. La intromisión de la Gran Historia, concretamente la Segunda Guerra chino-japonesa, impedirá este objetivo -aquí aparece otra confrontación de tintes históricos, el Kuomintang de sur (del que Yip Man llegó a formar parte en la realidad) contra las tropas japonesas instauradas en el norte-.

Una segunda capa la constituye la platónica relación amorosa entre Yip Man y Gong Er que se inicia, cómo no, en la congelación de un instante en el combate entre ambos, un cruce eterno de miradas que quedará en el recuerdo y perturbará la vivencia de ambos. Una relación frustrada que se quedará en poéticas cartas, el deseo y, sobre todo, el recuerdo, arrastrando al espectador hacia terrenos conocidos e íntimos de su imaginario personal. Esta exploración de los lugares reprimidos de nuestro consciente representa una constante en la obra de Wong Kar-wai y alcanza, probablemente, su punto más álgido en el binomio Deseando amar (2000) / 2046 (2004). La historia ente Yip Man y Gong Er representa la historia que nunca pudo ser, la elección nunca hecha, la constante duda por saber si hemos seguido el camino correcto.



La perfección de un estilo

La obra de Wong Kar-wai se hace necesario analizarla como un todo en que se dan cabida todas las reflexiones del director, que busca explorar la ramas más recónditas y personales de nuestra mente, consiguiendo una implicación emocional del espectador muy elevada. Una obra principalmente sensorial, en la que se le dota de mayor importancia a la experiencia visual y sonora sacrificando la complejidad de la trama.

A diferencia de otras películas del director honkonés, la trama en The Grandmaster esta menos limitada, aunque continua siendo un filme donde las sensaciones ocupan un papel primordial (casi principal). Esta ampliación de la trama se debe a la utilización, por vez primera, de un personaje real para reflejar el universo extremadamente sensorial de Wong Kar-wai. Un personaje que debe moverse en un terreno más conocido, real y enmarcado en la Gran Historia que se narra en el filme. El director se nutre de imágenes de archivo coloreadas, confeccionando una mezcla de alquimista entre la ensoñación poética de la memoria y la adecuación a su universo visual, algo que ya había experimentado en el metraje final de Deseando amar.

Historias entremezcladas, reflexiones sobre el tiempo no recuperado, la captación de momentos pasajeros (uso del ratentí), amores frustrados, la imprecisión de espacios y la utilización de estos como  identidad de los propios personajes o el significado de la constante lluvia más allá de un elemento estilístico son todos ellos elementos claves en la obra del maestro honkonés que se reúnen en The Grandmaster, conformando una pieza más del complejo puzzle que constituye la constante búsqueda de la perfección de su estilo característico y personal.








jueves, 2 de enero de 2014

Las trece películas del 2013

Se acabó un 2013 malo a nivel social, económico y político, pero prácticamente insuperable en cuanto a calidad cinematográfica. Este ha sido el año de la consolidación del "otro cine español", propuestas arriesgadas que rompen los cánones establecidos en la débil industria española. También ha sido el año de despegue de un espacio cultural tan importante como es la Cineteca del Matadero, que se postula como medio alternativo de difusión para las películas que tienen más difícil su acceso a las salas convencionales. Además, hemos podido disfrutar de los últimos trabajos de directores de renombre como Michael Haneke, Terrence Malik, Lars Von Trier, Hong Sang-soo, Hirokazu Koreeda, P.T. Anderson, Asghar Farhadi, Quentin Tarantino o Abdel Kechiche, a la vez que asistimos a la confirmación de directores que habían hecho ruido con sus primeros trabajos. Es el caso de Jeff Nichols, Xavier Dolan, Steve McQueen o Derek Cianfrance.

Como ha sido un año fantástico en cuanto a cine se refiere (de los mejores que un servidor recuerda) proponemos desde Cine VOSP las trece mejores películas del 2013:



13.- El Muerto y Ser Feliz (Javier Rebollo)

En el último puesto del ranking, una película complicada por su novedosa voz en off, que relata las desventuras de un antihéroe magistralmente encarnado por José Sacristán. La historia del asesino a sueldo que no es capaz de matar. Ver crítica completa


12.- Laurence Anyways (ídem, Xavier Dolan)

El jovencísimo director canadiense Xavier Dolan muestra aquí una deslumbrante madurez al retratar la vida de un profesor de instituto que se rebela contra su propio mundo para mostrarse como lo que realmente es: una mujer en el cuerpo de un hombre. Dolan mezcla a la perfección la música clásica con canciones de tono hortera de los años 80, así como distintos tipos de lenguaje audiovisual con una maestría ejemplar y resultado convincente.


11.- Only God Forgives (Sólo Dios perdona, Nicolas Winding Refn)

Tras el éxito de crítica y público que supuso Drive (2011), el director danés vuelve a contar con el actor Ryan Gosling en este filme, que guarda estrecha relación con Valhalla Rising (2009) y Bronson (2008) y no tanto con Drive, como en un principio podía parecer. Una oda a la violencia y al comportamiento errático del ser humano que sólo puede ser redimido por Dios. Luces de neón y mucha sangre para uno de las películas más psicodélicas del año que tiene como referencia los grandes mitos griegos.


10.- Mattherhorn (ídem, Diedrik Ebbinge)

Ópera prima del director holandés que acomete contra las rigideces sociales y la necesidad de liberación de uno mismo como único camino hacia la felicidad y la realización personal. Fotografía de tonos pastel en un pequeño pueblo danés, crítica ácida a la religión y toques surrealistas heredados del mejor cine de Buñuel son los principales atributos de está película que mereció más en la pasada SEMINCI de Valladolid.


9.- La Herida (Fernando Franco)

Otra ópera prima que se cuela entre lo mejor del año, y es que la película de Francisco Franco (reputado montador) retrata a la perfección (con la ayuda de la interpretación magistral y sin fisuras de Marian Álvarez) el día a día de una persona con transtorno borderline. La mejor película española del año. Ver crítica completa


8.- The Hunt (La Caza, Thomas Vinterberg)

Un reflexivo drama sobre el poder del pensamiento en masa que también realiza una afilada crítica a los convencionalismos de la sociedad danesa. Excelente Mads Mikkelsen en un papel que le confirma como uno de los mejores actores del momento. Seria candidata al Óscar a la película de habla no inglesa en este 2014 por Dinamarca. Ver crítica completa


7.- Spring Breakers (ídem, Harmony Korine)

Inclasificable película de Korine que ha generado una elevada controversia, unos por considerarla vacía de contenido y otros por una pequeña obra maestra del exceso y la ironía. Provocadora, electrizante y epiléptica, la película de Korine relata el verano de cuatro adolescentes que deciden salir de su rutinaria vida y vivir intensamente las vacaciones de primavera (Spring Break), rodeadas de excesos, bikinis, sexo y drogas.


6.- Before Midnight (Antes del anochecer, Richard Linklater)


Nueve años han pasado desde que nos dejaron en el aire el futuro de Céline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) en aquel maravilloso reencuentro que supuso Antes del Atardecer. Ahora están casados, con dos niñas y los problemas de la monotonía y erosión del tiempo hacen sus agresivas apariciones. Richard Linklater realiza otra fantástica película a golpe de largos planos secuencia y afilados e ingeniosos diálogos. Los actores, excepcionales, como de costumbre. Ver crítica completa


5.- Da-reun na-ra-e-seo (En otro país, Hong Sang-soo)

Una historia de amor entre una sofisticada mujer europea y un socorrista coreano relatada desde tres puntos de vista distintos, con elementos que se entremezclan en las tres historias. Una reflexión sobre lo foráneo, la búsqueda de un camino vital,  la aceptación de uno mismo, botellas de soju y un faro, componen esta grandísima película de uno de los mejores directores de la actualidad. Ver crítica completa


4.- Tabú (ídem, Miguel Gomes)


Tabú es un homenaje el CINE con mayúsculas. A las historias de antes, al cine de aventuras, al cine mudo,  a Murnau, etc. Dos películas en una que reflejan dos etapas distintas y contrapuestas de la misma persona. Una película cargada de confrontaciones (forma, historia, narración, etc.). Un viaje absolutamente delicioso. Ver crítica completa


3.- The Master (ídem, Paul Thomas Anderson)

Introspección a los estados mentales de los protagonistas de esta historia, que relata la necesidad de pertenencia a un grupo y la quebrantabilidad mental de ser humano. Enfermiza banda sonora de Jonhy Greenwood, magistral trio de actores (Amy Adams, Joaquim Phoenix y Philip Seymour Hoffman) y soberbia dirección de P.T. Anderson, una vez más. Ver crítica completa


2.- La Vie d'Adèle (La vida de Adele, Abdellatif Kechiche)


Qué se puede decir a estas alturas de esta película que ha generado tanto debate crítico. El despertar sexual de una joven adolescente de 17 años se convierte en un profundo estudio sobre las relaciones sentimentales con sus pasiones y desencantos, con sus besos y discusiones. Una película que seguirá dando qué habar durante mucho tiempo. Ver crítica completa


1.- Amour (Amor, Michael Haneke)



La mejor película de 2013 (y, junto con Deseando Amar y Mulholland Dr., de lo que va de siglo XXI, a mi parecer) es la premiadísima obra del director austríaco Michael Haneke. El amor visto desde su óptica más dura, cuando se agotan todas las etapas (pasión, monotonía, convivencia) y sólo queda el respeto y dignidad para no morir solos. Película sin trampas (se avanza el final para no manipular al espectador) que explora la enfermedad terminal de una mujer (Emmanuelle Rivá) y los cuidados que debe realizar su marido (Jean-Louis Trintignant). La mejor película del año, que cuenta también con las dos mejores actuaciones del 2013. Ver crítica completa



Han quedado fuera excepcionales películas como Django Unchained, Una familia de Tokio, De tal padre tal hijo, Weekend, La casa de Emak Bakia, Blue Valentine, Bestias del sur salvaje o Searching for Sugar Man, todas ellas merecedoras de entrar en las listas de lo mejor del año.